Abrí los ojos muy despacio. No sabía si seguía inmerso en alguno de mis largos sueños o, por el contrario, había despertado; aquel lugar no me sonaba lo más mínimo. Me encontraba en una zona muy luminosa. Resaltaban las paredes y los techos de un blanco deslumbrante con amplios espacios, sin puertas. Era una especie de box de la zona de urgencias de un hospital, totalmente diáfano. Medio dormido, observé a gente moviéndose de un lado a otro, casi todos con batas blancas. No recordaba absolutamente nada. Hice un intento de incorporarme, pero me fue inútil.
Parece ser que volví a mi sueño: intentaba zafarme, varias personas trataban de sujetarme en un espacio reducido, tenía el aspecto de ser el interior de una nave industrial pequeña, oía ruidos de motores, sin saber de qué se trataba. Nadie decía nada, solo yo gritaba cada vez más fuerte pero nadie atendía a mis peticiones de auxilio, sonaban huecas. Poco a poco, me quedé sin fuerzas y, finalmente, caí derrotado.
Ahora, ya despierto del todo, me veo en no sé qué sitio y no tengo ni idea de quién es esta gente. Todo a mi alrededor tiene pinta de hospital. Aun así, no estoy seguro. A juzgar por mi cama y por todo lo que veo, parece que sí. En fin, algo raro tiene que haberme sucedido. No tengo conciencia de que algo malo haya pasado.
Al segundo intento de incorporarme casi me caigo de la cama. Un hombre vestido con una bata de muchos colores se acerca corriendo al ver mi intención. Parece una de esas batas de una consulta de estética, o de una clínica dental. El sujeto que viene todo acelerado no llega a los cuarenta, totalmente rapado, con tatuajes en los brazos. Se dirige a mí gritando:
—¡¿Se puede saber qué hace?! ¿No ve que está muy débil y se puede caer de la cama? ¡Vamos, venga, tranquilícese! Su doctor llegará enseguida.
¿Ha dicho mi doctor? No recuerdo mi nombre ni edad, ni siquiera sé lo que hice ayer.
Pasado un buen rato se acercan varias personas más con batas blancas, unas cuatro o cinco. Al frente, un par de pasos por delante encabeza el grupo un hombre de mediana edad, alto, de pelo y barba blancos y piel morena tostada por el sol. El contraste resulta curioso. En la mano izquierda porta una carpeta con papeles y le cuelgan del pecho unas gafas sujetas por un cordón. Empieza a hablarme tan bajito que no le entiendo nada. Le hago saber que no le oigo frunciendo las cejas, al mismo tiempo que arrugo la cara mirándole. El desconocido eleva el tono y empieza a decirme que esté tranquilo, que ellos se encargan de todo. Que están pendientes de mí. Yo sigo sin saber a qué se refiere, indica que soy uno de los afortunados, uno de los supervivientes.
—¿Qué dice? —le pregunto cortando aquello que pretende soltarme.
—¿Afortunado? ¿Superviviente? ¡Estoy seguro de que sí hubiese pasado algo lo recordaría! Mi mente está en blanco.
— ¡¿Dónde estoy?! ¡¿Quiénes son ustedes?! ¡¿Alguien puede decirme de una puta vez qué cojones hago aquí?! —digo gritando.
Se quedan mudos, inmóviles. Los contemplo, quiero entenderlos, pero no se inmutan. Se miran entre ellos, el canoso clava su mirada hacia mí. Están ahí, observando, sin más. El pecho se me encoge. En esas, aprovecho para dar un salto de la cama —incluso con las pocas fuerzas de las que dispongo —, arranco la vía que tengo enganchada al brazo izquierdo y salgo corriendo. No alcanzo a dar más de cuatro o cinco pasos. La escena es confusa. De súbito logran atraparme, me tiran al suelo y noto un pinchazo.
Vuelvo a despertarme en el mismo sitio. Esta vez me acompaña alguien que dice ser enfermera. Su indumentaria está compuesta por un pantalón y chaquetilla de color verde azulada de tela, de esas que llevan en los hospitales. Se trata de una chica joven, no aparenta más de 25 años, morena y con el pelo recogido por una coleta. Me dice que el doctor Martínez ha intentado hablar conmigo pero que perdí los papeles gritando y pataleando. Incluso traté de escapar y tuvieron que actuar. De aquello habían pasado casi 24 horas. La joven me comenta que, si me mantengo en calma, en unas horas lo volverán a intentar.
Esta vez, más tranquilo, con la colaboración de un celador consigo bajar de la cama y sentarme en una silla de ruedas. Una vez que me ayuda a acomodarme correctamente tira adelante. El celador que lleva la silla es un hombre insulso, sin conversación. Se trata de un tipo soso, calvo, pero con pelos largos a cada lado de la cabeza, con hoyos en la cara, un horror de persona. Me lleva hasta una sala de un piso de las plantas superiores, al que accedemos con la ayuda de un ascensor. En el trayecto solo se escucha el chirrido de las ruedas y, posteriormente, una leve melodía que suena en el interior del ascensor. Para acceder al sitio al que nos dirigimos saca una tarjeta del bolsillo derecho de su chaquetilla y la pasa por un lector situado junto a una puerta corredera de cristal opaco. Parpadea una luz verde, a la vez que emite un leve pitido. Se abre el acceso a una sala. Al igual que todo lo que he visto hasta ahora, la sala es tan amplia como la zona de boxes. Incluso el vestíbulo de este sitio es también espacioso. El lugar al que hemos llegado está acristalado desde el suelo hasta el techo, en todas las paredes. Los cristales son translúcidos. No puedo adivinar en qué lugar me encuentro.
En el centro de la sala hay dispuesta una mesa, también de cristal, muy grande y de forma ovalada. La excepción son las dos patas, anchas de madera color claro, a cada extremo. La mesa está rodeada de sillones amplios de piel, de color blanco también. Todo este sitio me recuerda a aquellas películas donde los actores visten de blanco, rodeados de colores claros en un ambiente agradable a la vista. Los hacían creer que estaban en una especie de paraíso y siempre ocurrían finales fatales. Lo identificaban con experimentos raros. Recuerdo ahora mismo la película de La Isla donde estaban todos convencidos de que los llevarían a un sitio paradisíaco, a un lugar que solo los elegidos tendrían la suerte de disfrutar, pero… me viene a la mente cómo acababa. Quiero pensar que esto que me está ocurriendo no tiene nada que ver con nada de eso, mi falta de memoria no me puede hacer «emparanoiarme».
Voy a hacer un pequeño balance de lo que he visto hasta ahora de este sitio, porque no me aclaro: estoy en algún hospital o algo similar donde no puedo recibir explicaciones, porque al parecer me pongo agresivo. Algo, que no logro recordar. Y que, además, intenté escapar y salir corriendo, acción que tampoco logro recordar. Han desaparecido las ganas de huir, de ponerme violento.
Por otro lado, parece ser que esta gente quiere ayudarme; pero algo no me huele bien, no hace falta ser muy listo para darse cuenta. Lo poco que he podido ver no termina de cuadrarme. Prometo que no me voy a «encabronar» y que voy a colaborar para saber qué demonios pasa aquí.
Según entramos en la sala están todos de pie esperando mi llegada. Puedo contar alrededor de diez personas. En posición más adelantada está el de barba y pelo blancos. Tiene toda la pinta de ser algún jefe o debe de tener algún cargo importante. Una vez que llego hasta la mesa me dan las buenas tardes e invitan a sentarme. Me colocan en uno de los extremos, cinco personas a cada lado y en el lado contrario al mío, el de barba blanca. Detrás de mí, como si se tratara de un guardaespaldas, de brazos cruzados, casi en posición de firmes, el celador que sigue junto a la silla de ruedas. De fondo, la misma música del ascensor, muy bajita, casi imperceptible.
El canoso se queda de pie y toma la palabra. Tiene algo de acento latino. No entiendo por qué no le interrumpo y me pongo a gritar pidiendo explicaciones. Estoy en manos de ellos.
¡Me parece gentuza! Quizá estoy prejuzgando y me equivoco.
—Buenas tardes, señor Ramírez. Me llamo, Nelson Martínez, y soy el gerente del hospital San José. A cada lado de esta mesa se encuentra mi equipo directivo. Ellos dirigen los distintos departamentos de este Centro y forman parte del seguimiento del accidente del avión procedente de Madrid, del que los equipos de rescate pudieron salvarle. Sentimos mucho todo lo ocurrido y qué, hasta hoy, dado que han pasado casi tres meses, no hayamos podido entablar conversación con usted. Hemos esperado a una recuperación óptima y que, una vez despierto, se tranquilizara para poder tener esta reunión. Es muy difícil hacer frente a situaciones como la suya. Ha tenido muchísima suerte de haber salido con vida de un accidente tan grave y ser de los pocos supervivientes, aun habiendo sufrido heridas graves, de las que se ha podido ir reponiendo. Estuvo algo más de dos meses en coma. Una vez que recuperó la conciencia, hemos intentado ir adaptándole a la nueva situación. No es fácil, ni para usted ni para nosotros. Pero le puedo asegurar que hemos dedicado, y seguimos ocupando muchas horas para encarrilar lo mejor posible su situación. Seguro que tiene muchas preguntas que hacernos, señor Ramírez, todas tendrán respuesta a su debido tiempo —concluye. ¡Casi nada! De seguido, y sin permitir que le preguntara nada, se queda bien ancho. Se ha explayado él solito, y aunque dice que voy a tener mi turno de preguntas no me da opción para interrumpirle y siguió explicando: —Como ya he dicho, el vuelo procedente de Madrid de hace unos tres meses sufrió un accidente muy grave poco antes de tomar tierra en el aeropuerto de destino, que no era otro que el de San José, aquí en Costa Rica. Usted fue uno de los supervivientes, siendo, además, de los que en mejor estado se encontraba cuando le rescataron. Perdió la consciencia en aquel aparatoso accidente y hasta hace unos días no ha despertado. Entendemos que se haga muchas preguntas, que esté confuso, que quiera hablar ahora mismo y quiera empezar a recibir respuestas. Pero ya le he dicho… que todo a su debido tiempo. En unos días nos volveremos a ver, señor Ramírez, ahora le ruego que descanse. Me levanto de la silla con mucho trabajo, con aspavientos y doy un grito de atención. Los miro, uno a uno, con provocación. Vuelven a hacer la misma maniobra anterior, nadie abre la boca. No reaccionan. La desesperación me taladra la cabeza. Su impasividad desmonta mi postura. ¿Y mis preguntas? ¿Y mi turno de palabra? No ha habido ni lo uno ni lo otro, empiezan a levantarse todos de sus asientos y el celador pone en marcha de nuevo la silla de ruedas. Compenso el silencio incómodo del camino hacia mi habitación haciéndome las preguntas, como si el médico me estuviera escuchando: ¡Costa Rica! ¿Qué dice de un vuelo a Costa Rica? Hasta tenía las respuestas para eso: es imposible, no recuerdo haber planificado ningún viaje, y mucho menos, a Costa Rica. Si pudiera recordar, al menos, cuál era mi situación antes de todo esto, sería mucho más fácil, pero solo sé que me han dicho que me llamo Carlos, Carlos Ramírez, que tengo 32 años y posiblemente, vivo en Madrid. De aquí no soy capaz de pasar, no recuerdo nada más ¿Cómo es posible? Después de esta charla me trasladan a una habitación individual en una zona diferente a la que me encontraba hasta ahora. Lo primero que hago es mirarme al espejo del baño a ver qué aspecto tengo, quién soy. Descubro a un chico joven, con rasgos occidentales, debo medir sobre el metro ochenta. Sigo haciendo un breve análisis de quién llevo encima: tengo los ojos azules con tonos verdes, el pelo de color castaño y lo llevo hacia un lado con flequillo, no excesivamente largo. Hago un repaso al resto y observo que soy más bien delgado, de complexión atlética. Diría que hasta guapo. En la televisión de la habitación solo emitían documentales, bien de animales, de construcciones, de países desde el aire y ya está. Ni un noticiario, ni nada que se le parezca. Ninguna referencia que me pueda ayudar. Pienso que igual tienen razón los médicos. Quizá el shock que me ha producido el accidente me ha dejado tan tocado que jamás voy a poder recordar nada.
La nueva habitación es bastante más confortable que aquella de los primeros días. La televisión me permite estar distraído en algunos momentos. También tengo un pequeño sofá, con una mesa baja rectangular. En las paredes, de color verde limón muy agradable a la vista, cuelgan láminas enmarcadas de barcos y paisajes. La habitación dispone de una pequeña terraza con césped artificial, de unos siete u ocho metros cuadrados, con dos sillas y una mesa redonda. Todo nuevo y de buena calidad. La cama no es de hospital, es una normal, grande. El colchón, además, muy cómodo. Me encuentro en una planta baja, sin rejas; supongo que confían en mí. La verdad es que, aunque quisiera irme de aquí, no se me ocurre qué podría hacer justo después.
Miro por todas partes en busca de algo. Empiezo por la terraza y sigo hacia adentro, no encuentro nada que me ayude. Abro la puerta de la habitación, asomo un poco y solo veo un pasillo muy largo con más puertas, puede que sean más habitaciones. Salgo sin miedo, llamo a la primera que encuentro junto a la mía. Doy varios golpes fuertes con el puño con insistencia y espero unos segundos. Oigo a alguien que se acerca al otro lado. Cuando está a punto de abrir, se oyen pasos desde el fondo. Parece que alguien viene corriendo hacia mi posición, tan solo distingo una figura que se aproxima a toda velocidad gritando.
—¡Carlos! ¡Qué hace? —Se trata del celador de antes, el que me llevó con la silla de ruedas. Consigue llegar antes de que el ocupante de la habitación abra. Me agarra del brazo, aprieta con fuerza, a la vez que tira para que regrese a la mía.
Retiro su mano con violencia e intento salir de allí corriendo. No sé por qué, pero paro.
—¡Déjame en paz! —le suelto.
—No haga esto complicado, vuelva a la suya, por favor —insiste, intentando poner calma.
Lo pienso mejor y decido resignarme, agacho la cabeza y le hago caso, poniendo rumbo a la habitación.
Estoy en un sitio que no conozco, en un país extraño, no sé quién soy, no sé si tengo familia, si tengo pareja, hijos. Seguro que si lo pienso más de lo debido, me puedo volver loco. No puedo reaccionar de otra forma después de llevar poco menos de un mes despierto sin que me den explicaciones. Y cuando me las dan, solo recibo charlas inconsistentes para decirme cómo he llegado aquí. La cabeza me da muchas vueltas. Me planteo que el viaje lo hiciera con mi familia, y que ellos no lo contaran en el accidente. O que también estén bien y me lo estén ocultando. También puede ser que haya cometido alguna locura y me hayan trasladado hasta aquí para sacarme de la circulación. De ser así, lo más normal es que me hubiesen ingresado en alguna cárcel de España y no me hubieran trasladado a más de 8000 km de distancia. Está claro que no se trata de nada de eso, voy a pensar que es cierto todo lo que me están contando y que cuando empiece a recobrar la memoria me venga algo bueno de mi vida. O, al contrario, que me tengan que mantener drogado de forma permanente para poder calmarme. Me niego, quiero hablar con Martínez o con quién sea y que me cuente la verdad, ya.
Esperaré a poder hablar cuando me llamen, que fue lo que me dijo el del pelo blanco; no me queda otra que confiar en ellos, no tengo nada, no tengo memoria. Me quedaré como un bobo viendo la tele. A propósito, no dispongo de mando a distancia.
Vuelvo a tener esos recuerdos, me sujetan entre varias personas, trato de soltarme, pero es imposible. Entre el espacio tan pequeño donde me encuentro y todos los que me rodean es muy difícil liberarme. Alguien me arrima un trapo a la nariz. Casi al instante empieza a nublarse la vista. Le sigue de inmediato un mareo instantáneo hasta notar como mi cuerpo cae inerte, sin resistencia, sin oposición, no puedo siquiera amortiguar, caigo como un saco de patatas. Hasta ahí llega este mal sueño que se repite con frecuencia; quiero sacar algo en claro y me quedo atascado. Hoy puedo ver los rayos del sol por primera vez desde que estoy en este lugar desconocido. Ya no me hace falta utilizar la silla de ruedas. Acaba de amanecer y luce un día esplendoroso. Tiene pinta de ser primavera, o tal vez no, si es verdad que nos encontramos en el ecuador, bien puede ser cualquier estación. Sea como sea, el día invita a disfrutar con optimismo. No sé qué parte de buen ánimo tengo que aplicarme yo, estoy convencido que soy una persona con muchas ganas de vivir, aunque no recuerde casi nada. ¿Quizá sea el momento de pensar que se trata de un mal sueño y en cuanto despierte todo volverá a la normalidad? No sé. Quiero pensar que todo se aclarará en breve y podré empezar a vivir. Tengo que aplicar ese optimismo y enfocarlo en que más pronto que tarde me dirán algo, que recibiré alguna noticia que me permita mirar hacia delante y dejar de machacarme el cerebro con esos sueños tan extraños y repetitivos.
Según estoy en la terraza apoyado sobre la barandilla, llega alguien con el desayuno y me pone ropa doblada sobre la cama —que, sin percatarme de ello, ya está hecha— y lo poco que falta por recoger, está colocado en su sitio. El baño limpio, todo inmaculado. De no ser por mi situación bien se podría decir que el lugar parece algo similar a un espacio de retiro espiritual. O esos lugares a los que va la gente para hacerse tratamientos de belleza y quedan ingresados. Lo mejor es que me siento a desayunar al aire libre, en la terraza, con los árboles de fondo.
Está todo rodeado de pinos muy altos. Hay, además, arbustos y alguna higuera. Me llaman mucho la atención estas higueras; transmiten vida, agrado y belleza. Por algún motivo, me apetece mirarlas. La zona central posee varias fuentes; la más grande de ellas con varios chorros hace de rotonda para la entrada y salida de vehículos. El jardín solo se interrumpe por el asfalto de la calle que procede desde el fondo. Todos los límites con la hierba están rematados con setos recortados con mucho mimo y algún canal de agua que conecta las fuentes y fluye de continuo. La sensación del agua, del verde y de tanto cuidado en las plantas, contagia tranquilidad. Con independencia de las fuentes, noto cierta humedad en el ambiente. No llego a distinguir más allá de los árboles.
No recuerdo los desayunos de días atrás. Hoy es el primer momento que tengo la percepción de hacer esta comida inicial del día. ¡Qué extraño es todo!
Nada más terminar los primeros alimentos del día entra la misma persona y se lleva la bandeja. Tanto cuando entró para dejarla, como ahora al recogerla, se ha limitado a dar los buenos días y decir permiso. Se trata de un chico bastante joven, no más de veinte años, alto y con el pelo rizado, rapado en los lados y con un mostachón importante encima de la cabeza, muy amable y sonriente. He intentado preguntarle un par de cosas, pero no suelta prenda de nada. Después del «con permiso» se ha limitado a decir que en un rato pasarían consulta, así que le he dado las gracias y he dejado de insistir. No pretendo ponerle en ningún compromiso y que alguno de sus jefes le reproche el comportamiento.
El día pasa sin más. Y así, unos cuantos similares. He llegado a perder la cuenta. Duermo mucho, paseo, como bien y vuelvo a dormir. Tras la cena vuelta al descanso. Y entre medias, los documentales soporíferos de la tele. No me canso de dormir, estoy calmado.
A las dos semanas de mi primer desayuno en la terraza se presenta una chica joven, casi tanto como el que me atiende a diario con la comida y se encarga de la habitación. Tiene el pelo rubio y media melena, tetas operadas y unos ojazos verdes deslumbrantes. Es la peluquera que me va a adecentar y a afeitar para estar presentable, según sus palabras. Pienso que el día promete y, así es. No sé si para bien, pero la rutina ya se está rompiendo. Cuando acaba me dice que en una hora me recibirá el equipo médico para hacer unas pruebas. ¡Genial! —pienso.
La joven indica que me ponga la ropa que está encima de la cama. Esta vez no se trata de la misma que llevo a diario, siempre estoy en pijama. No es ropa de calle, pero al menos es deportiva, con zapatillas muy parecidas a las que se utilizan para correr.
Al cabo de un rato, y cuando ya estoy cambiado con la ropa deportiva me llevan a una sala de reconocimiento. Allí se encuentran tres personas, todas mujeres; una en el ordenador, otra tomando notas en una «Tablet» y la tercera, es la que se dedica a colocar los parches para el electro y a tomar la tensión.
Con muy pocas o nulas explicaciones, me hacen un escáner, un electrocardiograma, algunas pruebas de ecografía del corazón y me extraen sangre. Cuando han acabado con estas pruebas, me han colocado parches sobre el torso y me toca caminar encima de una cinta, de esas para correr en interiores.
—Comience a caminar, señor Ramírez —dice la que parece tener el mando de las pruebas —vaya aumentando el ritmo hasta donde pueda, en cuanto note que se cansa o no puede continuar, vaya aflojando. Y si es necesario, se para —me dice la supuesta doctora.
Así sucede, no duro ni tres minutos. Tienen que parar la cinta y dejar que me siente para recuperar el aliento. Esa mujer, una chica joven de unos treinta años, delgada y con el pelo corto, me comenta que no me preocupe, que es normal.
No sé si en mi vida anterior hacía algún tipo de deporte. La inactividad producida por el accidente ha sido demasiado larga. Tampoco hay que ser muy listo para saber que estoy hecho una mierda. Lo más recomendable es cambiar los hábitos; algo que aquí, no depende de mí.
Acaban su trabajo conmigo y se disponen a recogerlo todo; los cables, apagan los aparatos, el ordenador y se despiden con un adiós, sin más. De vuelta a la habitación me acompaña la chica de media melena rubia. Tengo que sonsacarle algo. Me siento muy tranquilo. Pero esto no me impide recordar que necesito información, datos, algo que me proporcione cierta dosis de tranquilidad.
—Disculpa, ¿puedes contarme algo?, ¿alguien va a tener la decencia de decirme qué me ocurre? No es tan difícil. Responde, por favor —le rogué.
—Mañana por la mañana se reúnen con usted. Van a esperar a los resultados de la analítica y del examen médico para poder contrastar los datos y disponer un diagnóstico completo — contesta.
—¡Muchas gracias! Algo es algo.
Me quedo bastante más tranquilo. Le doy las gracias por la información y vuelvo a quedarme solo en la habitación. Hoy el desayuno se ha retrasado por las pruebas, aun así, he decidido buscar la felicidad en los pequeños detalles. Lo único que tengo ahora es esto. Y si me cierro en banda con todo, lo voy a pasar mal. Será mucho peor.
Debo aferrarme a lo que tengo a mano, a este paisaje, a los días tan llenos de vida que contagia este lugar, al olor que desprende la hierba cada vez que suena la cortacésped, al olor de las flores, del ambiente. Me he acostumbrado a ver una serie de documentales que ponen todos los días tras el desayuno —aunque esté todo el día en duermevela—. Me pongo a ver lo que esté en la tele y enseguida caigo. Pero ahora estoy empezando a cambiar, quiero que llegue la mañana siguiente. Quiero alguna pista sobre mi vida. ¡Ojalá que esta gente sepa cómo llegaré a recuperarla!
Pasan por la habitación como todas las mañanas, pero esta vez no traen el desayuno. Me dicen que me prepare para salir de la habitación, que la reunión que van a tener conmigo será en uno de los jardines principales del exterior de los edificios. Me estará esperando buena parte del equipo. En menos de quince minutos nos dirigimos a una zona de las instalaciones que desconozco. El sitio merece la pena ser observado con detenimiento. Justo en la zona trasera del edificio principal, rodeado de árboles y un extenso jardín, llano, con muchos rosales y otras flores, con montañas al fondo —que desgraciadamente no puedo ver desde mi terraza —, fuentes pequeñas que se comunican entre sí por varios canales en superficie. Este lugar está diseñado y decorado con mucho gusto. Allí están todos esperando en una mesa alargada de granito, muy grande. Encima de ella, han preparado jarras de café, leche, zumos, tostadas, fruta, etc. Supongo que para aprovechar que mientras hablan conmigo podamos desayunar y que sea más ameno. Cuando llego, mi acompañante se hace a un lado y los presentes se levantan de la mesa en un gesto de cortesía. Esta gente es rara, pero tienen clase y educación, pensé.
Me recibe el auxiliar del Dr. Martínez.
—Buenos días, señor Ramírez, mi nombre es Héctor Romero y soy el ayudante del doctor Martínez. Le pide que le disculpe por no estar presente, unos asuntos privados impiden que esté hoy con nosotros. Seré el encargado de darle detalles acerca de todas las dudas que tenga. Hace un día precioso y el entorno es inmejorable, siéntese por favor, y dígale a la camarera qué desea desayunar. Si no encuentra algo que le apetezca, porque no esté en la mesa, se lo prepararán en la cocina y lo traerán de inmediato.
—Me va bien con lo que hay. Con toda la variedad de lo dispuesto en la mesa me apañaré, muchas gracias —contesté.
Después de conversar acerca de lo típico, que si había dormido bien, que si me encontraba mejor y de coincidir en el acierto de la elección del sitio para el encuentro y empatizar con temas obvios, Romero me pide que preste especial atención a sus palabras.
Así hago, soy todo oídos:
—Para empezar, en lo que se refiere al examen médico, a excepción de su estado físico, supongo que usted es consciente de cómo está; lo demás, presenta niveles normales, perfectos. Queremos hacerle un escáner de la cabeza para descartar alguna lesión cerebral importante debido al impacto tan grande que debió recibir, esperamos que estas pruebas arrojen algo de luz sobre su estado neuronal; que nos diga algo sobre su memoria. Estamos haciendo gestiones con el consulado de España, pero su nombre y apellido no aparece en la lista de embarque, todo es muy confuso. No paramos de trabajar, hoy mismo parte hacia Madrid uno de nuestros directivos para ver si es posible salir de este atolladero. Usted mismo puede observar que nuestra atención hacia su persona nunca ha mermado por el hecho de no saber quién es. Asimismo, no tenemos en cuenta si le cubre algún tipo de seguro, bien de la compañía aérea, bien alguno suyo particular, o incluso el gobierno de su país. Aun así, seguiremos tratándole de igual forma. Nuestra fundación contempla situaciones como la suya y es algo por lo que no se tiene que preocupar. No pararemos hasta aclarar su situación, ojalá tuviéramos respuestas para calmar todas sus inquietudes. Paralelamente, la OACI, que es el organismo internacional competente en aviación, está llevando a cabo la investigación correspondiente en cuanto a los motivos que pudieron producir un accidente tan grave. Mantenemos contactos frecuentes con ellos. Nos suelen informar de cómo van las pesquisas para saber qué pasó en ese vuelo e igualmente solemos nombrarlo a usted, estamos juntos en esto, hay que buscar respuestas a todo, no se crea que pasan los días sin más.
No soporto su monserga, no hace más que justificarse. Recupero energía y me levanto, doy un puñetazo encima de la mesa que hace que se caigan un par de botellas de agua. La escena se vuelve violenta. ¿Y mi familia, dónde está? ¿La han avisado? El tono lo elevo para que sepan que sigo aquí —Ninguno quita la mirada hacia mí, no se altera nadie.
—¡Dígale a su jefe que dé la cara y avise a mi familia! —insisto, elevando el tono más si cabe.
—Así no podemos seguir Carlos, le ruego que muestre respeto hacia este equipo. Le he dicho que hasta este instante no ha sido posible identificarle. Al igual que usted, hay más personas en su misma situación. No le damos más datos, porque no los tenemos, ya nos gustaría. Nuestro equipo de rehabilitación le ha preparado una tabla de ejercicios para que empiece cuanto antes y progresivamente vaya aumentando la frecuencia. El objetivo no es otro que mejorar su estado físico y conseguir también sanear su mente, lleva unos meses con escasa actividad y eso no es nada bueno, su estado físico y su bienestar nos importan y nos interesan. Mientras tanto seguimos trabajando. Con respecto a las pruebas de las que le hablé, se le efectuarán mañana en la mañana, Buenos días —se despide el doctor y ni siquiera me mira.
Poco a poco, me habitúo a hacer ejercicio. Debo avanzar. Si la actividad física me tiene que ayudar, a por ella; no hay nada que perder. Los primeros días comienzo de forma muy liviana. Empiezo la semana —supongo, porque tampoco sé en qué día me muevo— con una caminata de quince minutos y luego otros cinco de pequeños estiramientos; todo muy muy suave. La primera semana se acaba con veinte minutos de caminata y diez de estiramientos y pequeñas sentadillas. Dicen que los cuerpos tienen memoria, y cuando un individuo ha hecho ejercicio con cierta regularidad el tono físico se recupera en poco tiempo. Y en esos casos, las personas suelen recuperar bastante más rápido el tono muscular que aquellos otros que no han hecho nunca ningún deporte. Supongo que este debe ser mi caso, porque estoy agotado, pero a la vez me siento genial. El fin de semana lo voy a aprovechar para descansar y hacer un pequeño balance. Es curioso como nuestro cerebro selecciona en su memoria lo que le viene bien. Me es imposible recordar nada de mi vida de tres meses hacia atrás y en cambio tengo en mente, al detalle, lo que he hecho desde que desperté. Confío en que muy pronto empiece a recordar lo que de verdad importa y llegue a entender esta situación. Hoy no me hace falta mirar la tele. Estoy tan cansado de toda la semana que, en cuanto caiga en la cama, me voy a quedar dormido. Seguro que me despierto mañana en la misma postura en la que me acueste.
A la mañana siguiente, llama a la puerta el doctor Romero. Trae unas carpetas en una de sus manos y un par de bolígrafos en la otra. Nada más pasar le pide al chico que se encarga de la habitación que le traiga un café y me acompaña mientras desayuno. Desde este instante confío en que la mañana va a ser especial; o al menos, es mi deseo.
—Buenos días, señor Ramírez. ¿Qué tal se encuentra? Espero que se vaya reponiendo y ojalá que en pocos días podamos dar respuesta a algunas de sus preguntas. Ahora voy a mostrarle unas fotografías y quiero que preste atención detenidamente. Tómese el tiempo necesario, y quiero que me diga si alguna de ellas le recuerda a algún lugar conocido. No se preocupe, solamente es una prueba más de las muchas que le tenemos que hacer y nos permitirá ir avanzando hacia otras de más importancia. Lo que sí le ruego es que, si en algún momento reconoce alguno de los sitios que le mostramos, no se alarme, iremos poco a poco, estaré junto a usted —me dice.
Nada más terminar de desayunar aparece la persona que atiende la habitación y se lleva la bandeja del desayuno, dejando libre la mesa para que el doctor pueda mostrarme aquello de lo que me estaba hablando un instante antes. Abre la carpeta y saca una especie de láminas grandes, del tamaño de doble folio con fotos panorámicas como sacadas desde algún satélite, que a simple vista parecen pueblos. Cada lámina va acompañada de más fotos a pie de calle. Empieza a mostrarme las primeras fotos acompañadas de otras con sus calles, sus iglesias, fachadas de edificios… así, hasta diez lugares distintos. ¡No entiendo nada!
—¿Qué quiere que le diga? ¿A esto se refería al principio de mostrarlas? —pregunté al doctor. —Seguía sin entender nada.
—Simplemente quiero que se fije y me diga si reconoce algún emplazamiento, si le es familiar cualquiera de ellos. Mire bien los detalles. No pasa nada por no reconocerlos. Tenemos tiempo de sobra, no hemos hecho más que empezar y lo seguiremos intentando las veces que haga falta —expresa Héctor.
Así es, por mucho que miro y vuelvo a observar todas las fotos, las de satélite, las otras, todas, no me suena ningún sitio. Después de dar por hecho que no reconozco nada, miro a la cara a Romero y no cambia el gesto de su cara. Parece como si estuviera esperando que el resultado sea el que se está dando. No queda más remedio que volver a mi rutina, se despide de mí y dice que volverá en unos días. Al cabo de un rato se persona el monitor para seguir con las actividades; tengo que completar algunos días más caminando y haciendo kilómetros antes de alcanzar un tono físico aceptable. No puedo comenzar a correr ni nada parecido. Me explica que debo empezar a caminar por mi cuenta. Saca un plano y me indica por dónde tengo que ir. Me señala una zona que tiene un par de calles marcadas con unas pistas de atletismo por el interior de las instalaciones, y es por ahí por donde quiere que vaya. Con una vuelta al recorrido valdrá para empezar. Medirá poco más de 2 km. Tendré que ir poco a poco, y así hasta alcanzar mi mejor nivel. Cuando acaba de explicarse, salgo al patio y el monitor me señala el lugar. Las dos calles a las que se refiere están a pocos metros de la estancia principal. Empiezo muy despacio, no estoy seguro de poder ir a mejor ritmo hasta que no me vaya probando. Para llegar a hacer una carrera como tal me falta bastante tiempo. Los primeros metros los hago casi paseando, y después de unos minutos sigo más rápido. Voy viendo que aguanto sin cansarme. Puedo aumentar la intensidad hasta alcanzar un ritmo óptimo. Luego vuelvo a bajar las pulsaciones y termino igual que comencé, casi paseando. En un momento determinado, al levantar la vista he visto a lo lejos un vallado algo extraño. No podía apreciarlo bien desde la distancia, pero tenía aspecto de ser demasiado alto para tratarse de una propiedad privada. No le doy más importancia y continúo con la caminata. Según voy girando, el camino se acerca a la valla y, efectivamente, para ser de una finca de un lugar de servicio público es demasiada elevada. Termina en la parte superior con alambre de espino. A simple vista, debe alcanzar cuatro metros. No quiero especular, prefiero entender que en esta zona de Costa Rica se protegen así las casas; o en este caso, un centro hospitalario. La actividad deportiva está surtiendo efecto, el cuerpo me pide investigar, hacer algo. Aprovecho la caminata y cuando voy por el recodo que hacen las calles de tartán me paro, pongo rumbo hacia la valla, muy despacio. Permanezco quieto unos segundos detrás de unos arbustos, escudriño a mi alrededor para cerciorarme que no hay presencia de nadie. Necesito ver el vallado de cerca. Voy colándome entre los árboles, a pocos metros empiezo a ver el muro, tengo que volver a parar. Se deslizan un par de gotas de sudor por la cara, siento la respiración jadeante. En menos de un minuto estabilizo el ritmo y consigo acercarme hasta el perímetro, casi lo palpo. Oigo un chasquido de rama, me detengo de nuevo, esta vez caen desde la frente varias gotas de sudor a la vez, golpean sobre las hojas secas del suelo. Aguanto la respiración y cierro los ojos. En ese instante alguien da una voz, se oyen ladridos cada vez más intensos: ¡Alto! ¡Oiga, salga de ahí! Echo la mirada atrás, no sé cómo no los he visto llegar. Los tenga encima.