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Primer capítulo · La Isla de los Holandeses

A una semana vista

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Llega al teléfono de Marcos el mensaje que esperaba impaciente y con expectación: «nos vemos esta tarde a las seis, en el local», se trata de Lorenzo, su editor. Se acerca el momento de hacerle entrega de los primeros ejemplares de su libro. Tiene preparado el cartel de la presentación para la distribución y se publicará en redes sociales. Después de leerlo nota como los vellos de los brazos han querido unirse a la fiesta y están exultantes. Lo consiguió, algo que comenzó como una distracción y le mantuvo entretenido, quedó bien rematado. ¡Ya tiene su libro! ¡Ha nacido un hijo!

Un rato antes de la hora fijada recibe una llamada con el número oculto, cuelga sin dudarlo. Una más de esas con las que te molestan a diario para que cambies de compañía telefónica, de gas, luz… Aun así, en este instante está tan expectante que todas le parecen importantes. No bastará con cortar la comunicación, insisten, siguen una y otra vez; la última de ellas deja que suene unas cuantas veces, con la intención de bloquearla de inmediato. Cuando todo indica que han dejado de incordiar llega la notificación del contestador, el que nunca se acuerda de desactivar. Tras la locución está convencido de marcar la opción que permite borrar los mensajes, pero reflexiona. Si han insistido tanto, ¿qué pierde por escucharlo? Marca la opción 1 y atiende a continuación:

—Por favor, deje que le explique… —dice una voz grave, con acento extranjero.

Le cambia el semblante, se eleva la temperatura de sus mejillas, permanece atónito, inmóvil. El encuentro previsto para dentro de un rato con Lorenzo le vendrá de perlas. Necesita hablar con él, no puede demorarlo ni un solo segundo.

Ultiman los detalles para el gran día, está todo listo para lo que se tiene que convertir en su momento: la presentación del primer libro. El lugar elegido es incomparable, un salón de actos coqueto y con solera, que bien podría albergar un teatro de cualquier ciudad importante del país. Tiene aproximadamente unas doscientas localidades; ya se imagina con muchas personas alrededor y arropado por los suyos. No se trata de una celebración cualquiera, es la puesta de largo de la obra en la que trabajó durante tanto tiempo. Para Marcos supone una de las mejores etapas de su vida; esas que se marcan a fuego en la memoria, un evento que va a recordar siempre, con tener un ejemplar en sus manos va a rememorar cada detalle. Vivir este instante es grandioso, solo lo pueden superar los acontecimientos familiares como el nacimiento de sus hijos o cuando conoció a la que fue su esposa. Son experiencias y emociones distintas; aquellas que alimentan el alma y contribuyen a que se vayan cumpliendo objetivos y sueños. Suma también el valor añadido que tiene emprender este tipo de proyectos, si cuenta con la cantidad de obstáculos y trabas que hay que rebasar. Siempre se dice que los sueños están para cumplirlos, en este caso lo goza con entusiasmo e ilusión desmesurada. Queda con su editor, desde hace un par de semanas se cerró el día y la hora, una vez que la imprenta confirmó que en pocas fechas estarán listos los ejemplares.

Conoció a Lorenzo hace ahora siete meses, cuando buscaba una editorial en la que poder confiar. Con una sola llamada supo que la suya estaba destinada a ser con la que iba a comprometerse. Desde entonces no pararon de trabajar para dar la mejor forma al texto que le llevó a encontrarla. Fue un golpe de suerte haberlo descubierto por casualidad, una de esas coincidencias que te depara la vida. Si ya le gustaba la trama, ahora si cabe, después de unos meses de duro trabajo, mucho más. La corrección ha ayudado a darle consistencia y mayor peso al original.

Marcos tiene treinta y dos años; apuesto, pelo castaño y complexión atlética. Simpático, amigable y gracioso. Es vivo y optimista, le echa muchas ganas a todo lo que hace y, a veces, incluso peca de intenso. Es su primera publicación, aunque lleva escribiendo desde hace años, pero nunca le había dado forma de libro y mucho menos tenía intención de editarlo.

Lorenzo es un hombre de mediana edad, ronda los sesenta y cinco, algo más bajo que el escritor, de pelo rizado y con algún kilo de más. Duro y exigente. Lleva en el mundillo literario más de treinta años. Logró reflotar una pequeña editorial que hoy es un ejemplo de buena gestión entre las independientes del sector.

Desde que se conocieron el escritor manifestó con claridad sus intenciones. Buscaba poder dar visión a una idea que tenía y así fue, no pretendía nada fuera de su alcance.

Han pasado casi dos años desde que se puso a ello, en los que supo aplicar la paciencia preceptiva. Nunca alardea de lo que hace, todo lo contrario, transmite las ganas con las que trabaja y la ilusión que le acompaña. Desprende, además, la naturalidad de la que escasean muchos escritores, no tiene nada en común con esos que babean con su ego allá donde van.

Nada más pasar a la editorial no puede evitar entrecerrar los ojos y disfrutar de la esencia del sitio. Los libros son su pasión, su mundo, y aquí abraza el aroma de las páginas.

En cuanto se ven, lo primero que hace es contarle lo de la llamada, este dice que tiene pinta de tratarse de una broma pesada de alguno de sus amigos.

—Precisamente, ha insistido en que no se trataba de nada similar y que era importante. De hecho, dejó su número de teléfono —le comunica Marcos.

—¿Nos hemos vuelto locos? —dice el editor.

—Tú sabes de esto más que nadie, soy nuevo y no sé qué decir.

—Eso te honra, y te agradezco la confianza depositada en mí. Lo que no entiendo es por qué se han puesto en contacto contigo, cómo consiguieron el teléfono. Espero que no se hayan hecho con la novela, sería todo un desastre —concluye Lorenzo.

Tanto uno como el otro se quedan desconcertados. ¿La editorial más importante de Europa se ha interesado por Las Higueras Chicas? —se preguntan—.

—¿Qué está pasando? ¿Quién les habló de mi trabajo? —se quedan inmóviles, mirándose sin pestañear, con asombro y pánico.

—¿Qué hacemos? —dice Marcos. —Nada, si de veras tienen interés, volverán a llamar.

—Has de tener paciencia, acabas de empezar en esto y no es bueno que te aceleres.

—Sí, ya lo sé, pero hemos firmado un contrato — recuerda él.

—Olvídate de eso ahora, no seas ingenuo, lo firmaste conmigo y ese es el menor de los problemas.

Cada respuesta que recibe provoca y contribuye a que el ritmo cardiaco vaya por su cuenta, nota un subidón propio de los mejores momentos. No es capaz de disfrutarlo como debiera, siente que las dudas generadas a Lorenzo empañan su alegría, le aporta un sabor agridulce. Los dos están en el mismo tren y le cuesta entenderlo.

—Lo que te pido es que, pase lo que pase, no la pifies —le aconseja Lorenzo. —

Quiero que seas mi agente literario, oficialmente te pido que me representes —le suelta Marcos, en este momento tan surrealista.

—No te puedo representar, ya me gustaría, una responsabilidad de esas características es propia de los agentes ligados a grandes grupos. Puedo asesorarte y por supuesto que estaré siempre a tu lado, si así lo deseas.

—Eres enérgico, desde luego que sí. Veré lo que puedo hacer con el agente literario, no es fácil, no suelen aceptar a escritores noveles y, mucho menos, con ninguna publicación en el mercado. Lo de asesorarte, lo haré encantado. Antes de tomar ninguna decisión con este asunto, lo hablamos. En cualquier caso, tenemos que sentarnos a charlar sobre esta nueva etapa.

¿Qué querrán? —se preguntan— La trama que ha creado Marcos es original, intrigante, llena de giros y situaciones cuanto menos extrañas, aun así, son cautos ante lo que pueda llegar. No es para ganar ningún premio. Mantienen los pies en el suelo. Entienden que este tipo de grupos empresariales meten las narices en todos los sitios y en alguno aciertan. De ser otra la causa, carece de toda lógica. Mientras, abren dos latas de cerveza fresca, nada mejor que acompañar el tiempo compartiéndolas.

Suena el teléfono del escritor, rompe el silencio que se había instalado y se sobresaltan con la melodía.

—Déjalo un poco, que no parezca que lo esperas —apunta Lorenzo.

Sigue el consejo y al quinto tono descuelga:

—¿Quién es? Dígame.

—Un momento, por favor, le paso con el señor Richard White, no se retire —se oye al otro lado. Entretanto, con dos tragos apuran las bebidas.

Suena una leve melodía, hasta que White tiene a bien contestar: —Buenas tardes de nuevo, señor Gálvez. ¿Ha hablado con su asesor? —dice con voz grave y marcado acento alemán.

—Hola, pongo la opción de manos libres, mi editor también le oye —dice él.

—Quisiera hablar con ustedes en persona y hacerles una propuesta importante —dice con tono serio y firme, lo repentino del ofrecimiento los paraliza.

—Espere un momento, por favor —entretanto, desactiva el audio y hablan entre ellos.

—No me gusta. Da mala espina.

—¿Qué perdemos por hablar con él? Lo finiquitamos en un santiamén. Disponemos de la primera edición y en cuanto terminemos con esta persona, echamos el resto con la distribución —insiste Marcos.

A Lorenzo le gusta acabar sus proyectos, no le agrada que nadie husmee en lo suyo. Dada la terquedad de su discípulo, y visto el enorme interés de quien espera respuesta, decide concertar una cita.

—Pon el sonido —dice.

—Señor White, ¿está ahí? —pregunta.

—Sí, diga —contesta.

—Le escuchamos Richard —dice Lorenzo, para recuperar la conversación.

—Díganme ustedes, cuándo les viene bien — responde.

—Estamos muy liados con los preparativos de la presentación, tenemos la agenda demasiada apretada. El único hueco disponible sería para mañana, sobre esta hora.

—¿Prefieren que vaya a su local, o quedamos en otro sitio?

—Mejor aquí, la sede la tenemos en Cuesta del Sur, 21. Mañana a las seis de la tarde —concluye el editor. La editorial dispone de un local coqueto de unos cincuenta metros cuadrados, que enamora, con estanterías cargadas de libros y más libros. Se encuentra en un barrio a las afueras de Madrid.

—Hasta mañana, gracias. Perdón, lo olvidaba, agradecería que, si no han distribuido todavía los libros, esperen un día más, por favor —se despide White, que resalta las erres, como buen alemán que es.

Los deja confusos, entre sorpresa y recelo. ¿Qué habrá querido decir con esperar un día más? —se preguntan.

Fin del primer capítuloVolver a la novela